viernes, 21 de agosto de 2026

La Teoría BCYT

 

La teoría BCYT

 

 

                                           Juan A. Anta

 

 

 

           

            Ya la primera vez que Handemann presentó su afamada teoría BCYT (Biased Condensation of Yelling Turbulences)  a un asistente a la conferencia se le saltaron los sesos. Coincidió con un momento de silencio de Handemann, como si quisiera ordenar las ideas (y de paso dar tiempo a su público a que hiciera lo propio). Fue en ese momento cuando se oyó un chasquido, similar al aplastado de una guayaba. Todo el mundo volvió su mirada hacia la tercera fila, donde se hallaba el desafortunado, porque en verdad el chasquido sonó a pura y rancia muerte. Tenía su cabeza desplomada sobre su hombro izquierdo, y chorreaba sangre por varios puntos.

 

            La víctima se llamaba Chris Laweson y era uno de los doctorandos más prometedores del Instituto Tecnológico de Massachusets. Su inesperada muerte no pudo menos que convertirse en un descorazonador misterio a pesar del resultado de la autopsia, que determinó sobrepresión sanguínea como causa del fallecimiento. Lo cierto es que en aquel momento nadie asoció el trágico suceso con la teoría BCYT, a pesar de lo increíble que resultaba imaginar que a un ser humano pudiera reventársele el cráneo por la simple presión de la sangre. Ni siquiera el médico forense se sintió tentado a investigar el suceso, aún tratándose de uno de los hechos más excepcionales de la historia de la medicina. Para deshacerse de los periodistas se limitó a argumentar que toda la fuerza del corazón, concentrada en un sólo punto y en un sólo instante, sería capaz de hacer ceder hasta un blindaje de hormigón de medio metro. Lo que ningún periodista preguntó es que había hecho que tal cantidad de energía se concentrase en el cerebro de Loweson.

 

            Tampoco la muerte de la segunda de las víctimas de Handemann y de su teoría BCYT hizo levantar ninguna sospecha. La razón es la forma en la que se produjo. Se trataba de un joven investigador de la universidad de Montevideo, Amadeo Sheridan. Leía uno de los artículos de Handemann cuando sintió un agudo dolor en la sien. Un segundo después su cerebro estalló y le hizo desplomarse sobre una mesita de mármol, contra la que golpeó la cabeza. Ello proporcionó una causa obvia de la muerte, junto con la mancha de aceite del suelo (Sheridan se deleitaba con un emparedado de atún mientras leía a Handemann). La incompetencia de la policía y la dejadez del forense (que ni siquiera se percató de que el cráneo estaba “aplastado” hacia  fuera y no hacia dentro) hicieron que tampoco en aquella ocasión nadie sospechase de la teoría BCYT.

 

            La tercera víctima sí que dio lugar a especulaciones, incluyendo al  propio Handemann. De nuevo se produjo durante el transcurso de una de sus conferencias, y una de las de mayor asistencia. El alto grado de expectación motivó de una forma especial al autor de la teoría BCYT, que hilvanó una disertación magistral, llena de profundidad y clarividencia. Su exposición de la teoría, partiendo de los fundamentos más básicos y de las raíces más profundas de las cuales surgía su elegante e innovador formalismo, consiguieron mantener la atención del público hasta lo sublime. Parecía que los secretos más ansiados del trabajo de Handemann iban por fin a quedar al descubierto y que muchos comprenderían de una vez la teoría BCYT, incluyendo al propio Handemann. Sin embargo, alguien en el público se le adelantó. De nuevo se escuchó el fatídico chasquido, consecuencia de un cerebro humano puesto al límite. El desgraciado fue retirado en camilla y a toda prisa, puesto que aún jadeaba, e incluso balbucía frases incoherentes y llenas de alusiones al esquema BCYT y a su autor. Fueron sus últimas palabras ya que el joven estudiante, doctorando del Instituto Max Planck, falleció poco antes de ingresar en el hospital.

 

            Una tenebrosa melancolía se cernió entonces sobre el corazón de Handemann. Era ya la segunda persona que parecía haber muerto a consecuencia de la exposición de su trabajo (en realidad la tercera) y no pudo menos que sentirse culpable, aún sabiendo que no había causa racional que explicase lo sucedido. Su actitud se volvió arisca y sombría, se zafaba de las insistentes preguntas de los periodistas argumentando que él no era un experto en medicina y redujo su actividad académica al mínimo. De hecho pasaba jornadas enteras encerrado en su casa de Golders Green, en las afueras de Londres, dando una y mil vueltas a las ecuaciones que él mismo había propuesto y preguntándose qué extraño y sobrecogedor misterio encerraban, hasta el punto de causar el colapso total de una mente humana.

 

            Handemann no volvió a dar ninguna conferencia sobre la teoría BCYT, a pesar de la insistencia con la que se lo propusieron. De hecho, su teoría, aunque fuera por motivos tan luctuosos, se volvió extraordinariamente popular. Todo el mundo quería conocer más su innovador trabajo y al menos intuir el significado más profundo del mismo, y fue en ese contexto en el que Richard Hayes, el discípulo más aventajado de Handemann, se ofreció a dar una serie de charlas divulgativas en sustitución de su maestro. El problema es que Hayes no comprendía en realidad la teoría BCYT (a pesar de haber ayudado, supuestamente, a su desarrollo) y tuvo que llevar a cabo unas intensas jornadas  de estudio de la misma, eso sí, sin preguntar a Handemann, a quien siempre hizo creer que dominaba el formalismo. Fue durante esos días en los que Hayes comenzó a tener unas horrorosas jaquecas, que él achacó al exceso de trabajo, hasta que llegó el momento en que su cerebro dejó de funcionar de la forma más violenta posible, por embolia encefálica aguda. Fue encontrado con la cabeza apoyada sobre un bloc de notas manuscritas lleno de interrogaciones y fórmulas algebraicas típicas del formalismo BCYT. Una gran mancha de sangre teñía las últimas anotaciones de Hayes.

 

            Cuando Handemann supo de la muerte de su discípulo, su inicial melancolía se transformó en desesperación. Consciente de haber descubierto un instrumento diabólico de aniquilación intelectual, decidió destruir todo rastro físico de su teoría. Arrojó al fuego todas sus notas y artículos, borró directorios enteros de su ordenador personal, y publicó una conmovedora nota de prensa en la que instaba a toda la comunidad científica a abandonar todo estudio o desarrollo posterior de la teoría BCYT. Sin embargo no fue escuchado y numerosos físicos jóvenes llenos de entusiasmo se lanzaron al estudio del trabajo de Handemann.  Cuando éste supo de la siguiente víctima, su desesperación se tornó en locura. Fue ingresado en un manicomio de la costa de Kent, donde acabó sus días de forma un tanto enigmática.

 

            Unos meses antes de morir, y cuando había recobrado parcialmente la cordura, Handemann concedió una entrevista a un desconocido reportero de un periódico de provincias español, “El Heraldo de Aragón”. La razón por la que Handemann se decidió por este medio de comunicación y no por ningún otro, a pesar de los cientos de peticiones que recibió, desde la CNN hasta el Frankfurter Zeitung, es un misterio. Nunca se pudo vincular a Tomás Reguero del Heraldo con Handemann de manera previa a la entrevista, y de hecho el joven periodista siempre dijo que sólo la suerte explicaba que él y su rotativo dispusieran de tal honor. Sea de la forma que sea, lo cierto es que la transcripción de la entrevista del Heraldo dio la vuelta al mundo y se convirtió en uno de los documentos periodísticos más importantes del siglo. Es por ese motivo, y con el objetivo de esclarecer las verdaderas circunstancias de su muerte, por el que nos vemos obligados a introducirlo en esta historia.

 

            Heraldo de Aragón: Ante todo, profesor, ¿qué significan en realidad las siglas BCYT?

            Fritz Handemann: Oh, nada importante, se refieren a la forma matemática que adoptan ciertas leyes de conservación.

            H.A.: Dicen los expertos que su teoría es uno de los avances más importantes en la historia reciente de la Física Estadística, ¿qué opina de ello?

            F.H.: bueno, la teoría BCYT no tiene nada que ver con la Física Estadística, ni siquiera con la Física.

            H.A.: pero… ¿cómo es posible?, todo el mundo que le conoce sabe muy bien que usted es físico y su trabajo se encuentra en su totalidad publicado en revistas de Física. Miles de personas han decidido estudiar esta disciplina por primera vez en su vida con el sólo propósito de comprender alguna vez su teoría…

            F.H.: La verdad es que he de decir que lo siento mucho por ellos. No saben en realidad lo que hacen. Mi consejo es que abandonen y se dediquen a otra cosa.

            H.A.: Parece usted resentido, profesor.

            F.H.: Oh, nada de eso. Y aunque lo estuviera nada me empujaría a provocar la muerte de miles de personas inocentes.

            H.A.: ¿Se refiere usted, profesor, a esas muertes repentinas producidas durante sus conferencias?, mucha gente opina que…

            F.H.: Me refiero simplemente al peligro latente que existe en el estudio del formalismo BCYT. Si todos fueran sensatos, ya haría mucho tiempo que se habría olvidado todo este asunto.

            H.A.: Sin embargo es precisamente ese peligro que usted menciona lo que induce a tantos científicos y personas corrientes a lanzarse al estudio de su teoría. Trabajar en la teoría BCYT se ha convertido en un deporte de riesgo como el puenting y el descenso de cañones. Congresos y reuniones internacionales sobre la teoría BCYT y temas relacionados se realizan en las cercanías de hospitales y siempre existe un equipo de primeros auxilios presente en todas las conferencias para socorrer a los posibles afectados. Y en este contexto, la pregunta que seguramente muchos de nuestros lectores se hacen es: ¿cúal es la esencia de la teoría BCYT y qué la hace tan peligrosa?

            F.H.: Me temo que yo no soy la persona más indicada para contestar a esa pregunta.

            H.A.: Comprenderá usted, profesor, que dicha afirmación no puede menos que causar una cierta sorpresa. Usted es el creador, el autor de…

            F.H.: Repito que no soy la persona más indicada… mire, si quiere que le diga algo, yo no entiendo en realidad la teoría BCYT.

            H.A.: ¿Que no entiende la teoría BCYT…?, bueno, usted está bromeando profesor…

            F.H.: Siento decirle que no estoy bromeando. Usted mismo ha dicho que yo soy físico. Efectivamente lo soy, pero no psicólogo o filósofo. Y como comentaba al principio de esta entrevista la BCYT no tiene nada que ver con la física. La BCYT no es más que un conjunto de símbolos y conceptos abstractos que constituyen una especie de edificio intelectual que, eso sí, posee cierta lógica interna… es cierto que sus orígenes son físicos, o físico-estadísticos, o mejor dicho, la resolución de cierto problema de la Mecánica Estadística que, si le digo la verdad, hace ya mucho tiempo que olvidé… mire, antes los hombres corrían para huir de sus depredadores, y ahora lo hacen para batir una marca mundial, o para mantenerse en forma, incluso para socializar, y el hecho es que ya nadie se acuerda del verdadero motivo por el que los hombres tienen piernas… lo que quiero decir es que la teoría BCYT no es más que un desarrollo matemático donde el principio y el fin están en la teoría misma. Es como un globo de gas que hubiera roto el hilo que le mantenía unido a la Tierra y se hubiera emancipado para irse a vivir por su cuenta a la estratósfera. Yo lo único que hice fue tomar un telescopio y observar el globo desde la superficie, y comprobar que ahí está, balanceándose de un lado a otro, lleno de secretos misteriosos que soy incapaz de comprender. Mi papel ha sido descubrir ese globo entre todas las constelaciones y describir su aparencia (su sugerente y atractiva apariencia) pero no atraparlo. Aprehenderlo supone volar tras él y jugarse la vida en el intento. La mente humana tiene un límite, sabe, y de la misma manera que resulta fantasioso imaginar a un ser humano corriendo los cien metros en cinco segundos, un conjunto de átomos más o menos ordenados que es lo que somos tiene serias dificultades para dominar los extraños secretos de la materia y la energía que han concluido en su creación… Por favor, no haga de la ciencia una nueva idolatría, ¿me entiende?, diga en su periódico que la gente deje de perseguir globos, por muy bellos, altos y atractivos que se nos aparezcan.

 

            H.A.: Profesor, muchas gracias por sus palabras. Le deseamos un pronto restablecimiento.

            F.H.: Se lo agradezco.

 

            Fritz Handemann murió una fría mañana de Enero, sentado en su silla de ruedas, en lo alto de un acantilado frente al mar. Se diagnosticó parada cardíaca como causa del fallecimiento, ahora bien, ¿qué provocó dicha parada?. Hay gente que piensa que Handemann decidió suicidarse aquella mañana. Se le había encontrado mirando al cielo, con la boca ligeramente entreabierta, como si hubiera estado hablando consigo mismo. Según esta hipótesis, él habría utilizado su propia teoría para acabar con su vida, abrumado por ese sentimiento de culpa que le había llevado a enloquecer. Unos pocos segundos de profunda reflexión sobre su propio trabajo habrían bastado para consumar su autodestrucción. Sin embargo, nosotros opinamos que no fue suicidio la causa real de su deceso, o en todo caso, no habría sido más que una súbita y alocada temeridad. ¿No estaba acaso intacto su anciano pero portentoso cerebro y no había sido otra cosa sino su corazón lo que había dejado de funcionar?. Aquella mañana Handemann, mientras observaba el transcurso caótico pero firme de las nubes sobre su cabeza, cubriendo y destapando ante sus ojos el espacio infinito una y otra vez, no pudo resistirse a la tentación de intentar, aunque fuera por última vez, no sólo comprender sino también sentir. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como si rezase. Quizá en sus últimos segundos de consciencia aquella mente privilegiada consiguió ver aquello que levita sobre nuestras cabezas y que causa mareos tan sólo imaginar.

          

                                                      México y Cercedilla, Julio y Agosto de 2001

jueves, 13 de agosto de 2026

Juego de Niños

 Juego de Niños


                                                                                                                                                   Juan A. Anta



Los niños protestaron de nuevo. Ese juego tampoco les gustaba.

- ¿Qué tiene de malo? – preguntó Papá
- Es tan aburrido como todos – dijo Godín
- Las fichas cambian de tono y el tablero de textura, pero las reglas son las mismas de siempre – alegó Godesín.

Papá volvió al salón con el juego entre los brazos. Mamá le esperaba inquieta. Al entrar ella le miró con ojos interrogantes. Papá negó con  la cabeza. Mamá se puso de pie y con los brazos en jarra.

-¿Entonces? – preguntó Mamá
-No lo sé – contestó Papá – ya los hemos probado todos. Todos los de la casa. Todos los del bloque. Todos los de la Comunidad. Pero de todos se cansan. Todos les parecen iguales. Con todos se aburren.
-No podemos dejar que se aburran. – sentenció Mamá.
-Ya lo sé, Mamá – replicó Papá – ya lo sé.
-Si se aburren sería fatal. Sería trágico – insistió Mamá.
-Lo sé, lo sé – se excusó Papá – pero, ¿qué podemos hacer?
- Hablaremos con él – sentenció Mamá.

*     *     *    *     *     *

El Hacedor de Juegos escuchaba atentamente. Papá y Mamá hablaban deprisa, el uno detrás de la otra, cuando hablaba la una el otro escuchaba y asentía con la cabeza. También al revés cuando hablaba el uno escuchaba la otra y asentía con la cabeza. Al final se callaron y aguardaron expectantes la intervención del Hacedor.

-¿Probaron con preguntas y respuestas? – dijo éste
-Sí – contestaron Papá y Mamá al unísono –. Preguntas de Análisis Funcional fue lo último.
-¿Análisis Funcional? – preguntó sorprendido el Hacedor de Juegos
-Sólo eso les mantuvo entretenidos medio día – explicó Papá – casi dos horas más que con el juego de las Partículas.
-¿Se aburrieron del juego de las Partículas? – volvió a preguntar el Hacedor, aún más sorprendido - ¿cómo pudieron cansarse del juego de las Partículas?
-Decían que era muy simple – dijo Mamá – Siempre se llegaba al mismo resultado.
-Las reglas son las más complejas que nunca se han ideado – alegó el Hacedor -. Existen infinitas combinaciones.
-Se reducen a poco más de cien elementos. – respondió Papá –. Cuando el elemento es muy pesado se les despedaza en femtosegundos.
-“!Mamá, Mamá!” – fingió Mamá la voz de su hija – “Los elementos con más de noventa protones y ciento cincuenta y un electrones son inestables y se descomponen emitiendo radiación. ¡Vaya plomo!”  
-Me llevó milenios idear ese juego – musitó el Hacedor, mirando al infinito – Incluso introduje variables ocultas para hacerlo más enrevesado.
-Pero los resultados son previsibles – replicó Mamá.
-Computables – apostilló Papá.

El Hacedor de Juegos se levantó y caminó a lo largo y ancho de su inmenso salón. Papá y Mamá le miraban vigilantes. Él se acariciaba la barbilla con su dedo índice. Un pequeño humillo salía de su cabeza. Entonces se acercó a su gran biblioteca de madera de boj. 

-Tengo aquí un juego…
-¿Sí? – preguntaron ansiosos Papá y Mamá
Pero aún no está terminado – dijo el Hacedor mientras manipulaba libros y cajas -. Ni siquiera sé si lo acabaré algún día.
-¿De qué se trata?
-Oh, en realidad es muy simple.
-No nos vale entonces – contestaron apesadumbrados Papá y Mamá.
-Pero su simplicidad es engañosa – les tranquilizó el Hacedor – En realidad se trata del juego más enrevesado e imprevisible jamás ideado. Tan sólo tiene una regla. Pero conduce a la mayor creación de materia y energía imaginable. Desborda los límites de concepción de cualquier mente inteligente. Es capaz de rebelarse contra su propio creador. Es perfecto. O mejor, susceptible de ser perfecto. 
-Nos los llevamos – sentenciaron a coro Papá y Mamá.
-Estupendo – asintió el Hacedor -. Sin embargo… estén prevenidos.
-¿Por qué?
-Es un juego inacabado – contestó el Hacedor -. Y puede concluirse de muy variadas maneras. Incluso contradictorias. Imprevisibles.
-Es justo lo que necesitamos – sentenció Papá levantando decidido su dedo índice.
-De acuerdo. ¿Se lo envuelvo?
-Por favor – suplicó Papá
-En papel de regalo – añadió Mamá – si es posible.

*     *     *    *     *     *

-¡Niños! – gritó Mamá nada más entrar en casa
-¡Os hemos traído un nuevo juego! – añadió Papá con su voz más comercial.
- Godín y Godesín aparecieron remolones en el gran Salón . Sus caras era una mezcla de aburrimiento y expectación. Sus ojos miraron interrogantes la caja que Mamá traía en los brazos.
-Este juego seguro que os gusta – dijo Papá – Mamá, dales el juego.

Mamá les entregó el Juego y los dos niños lo abrieron con ansia. Sin embargo, a medida que abrían el envoltorio el brillo de sus ojos se iba apagando. Cuando vieron por fin los grandes caracteres rojos que decoraban la caja las expectativas iniciales ya se habían transformado en la más grande de las decepciones. Godín y Godesín se volvieron a su cuarto en silencio dejando la caja tras de sí.

Papá y Mamá se miraron desconsolados. 

-Parece que no les ha gustado – dijo Mamá
-Eso parece – confirmó Papá

Mamá inspeccionó la caja. Una gran palabra destacaba en letras rojas. “Entropía”. El vocablo le sonaba vagamente. Incluso podría decir que se lo había oído pronunciar a los propios niños.
Papá y Mamá caminaron hacia el cuarto de juegos. Godín y Godesín estaban arrodillados sobre la alfombra y miraban a través de un gran pozo luminoso que había en mitad del cuarto.

-¿No os gusta el Juego que os hemos traído? – preguntó Papá con timidez.
-Ya lo tenemos – replicó Godín.
-Es al que jugamos cuando nos aburren el resto de los juegos – añadió Godesín.
-El… el Hacedor… - tartamudeó Papá – nos dijo que estaba sin terminar…
-Es cierto – explicó Godín – eso le hace relativamente entretenido.

Mamá observó a los niños fijamente. 

-¿Es … es el juego que estáis jugando ahora? – preguntó.

Los niños no respondieron. Mamá sabía que esa era su manera malhumorada de decir que sí.

- Y… ¿quién gana?

Godesín dejó por unos instantes el juego y miró a Papá y a Mamá.

-Bueno, eso depende – respondió con desgana Godesín. -.  Depende de los jugadores que nos inventemos. 
-Pero los jugadores… ¿no sois vosotros? – preguntó Papá con la barbilla colgándole como si se le hubiera descoyuntado.
-Que va – replicó Godín sin mirarles. – Nosotros nos los inventamos y les damos unas reglas para que jueguen.
-Por ejemplo les decimos: “tenéis hambre y tenéis que buscar comida”. Y entonces ellos van y la buscan. – añadió Godesín.
-Pero eso es muy aburrido, y entonces hacemos que unos tengan la comida y otros no. Y es entonces cuando juegan de verdad.  ¡Se arma cada una!
-Pero eso también termina haciéndose aburrido. Así que nos inventamos reglas adicionales, cómo por ejemplo, “da de comer al hambriento”. Eso da mucho juego.
-Sí, es verdad. A algunos, sin saber muy bien por qué, les entran… bueno, nosotros los llamamos remordimientos, porque se muerden labios cuando se sienten así, que tienen que dar parte de su comida…
-Un momento – les interrumpió Mamá  alarmada – ¿es que tienen labios vuestros… jugadores?
-Por supuesto – contestaron los niños al unísono – los hemos hecho a nuestra imagen y semejanza. Miradlos corretear por ahí abajo.

Papá y Mamá se asoman al pozo luminoso que los niños habían construído en el centro de la habitación. Un espectacular escenario se abrió ante sus ojos: montañas imponentes, océanos infinitos, torrentes tumultuosos, y un sinfín de hombrecillos corriendo de un lado a otro, llenos de ansia.
-Parecen llenos de Ansia – dijo Papá con la boca abierta.
-Están llenos de Ansia – confirmó Godín.
-Y de Furia – añadió Godesín – Eso es lo mejor.  Porque es cuando mejor nos lo pasamos.

Y mientras tiraban los dados, los niños continuaron contándole el juego a sus padres. Y les hablaron de sus pequeños hombrecillos y de las reglas que les habían hecho seguir y romper y de los obstáculos que les habían hecho desesperar y desfallecer. Y les asombraron con su narración de los cuatro hombres a caballo, la Guerra, la Peste, el Hambre y la Muerte (algo muy original, fruto de su única fantasía) y de como sus hombrecillos les habían erigido, a ellos sus creadores (y los causantes de sus desgracias), templos inmensos e imágenes bellísimas, así como himnos y cánticos estremecedores, y como les rezaban (sí, les rezaban) a ellos, pidíendoles dicha y agua para una buena cosecha. ¿No es cierto que eran graciosos? Y todo salía de una sola regla: la Entropía y el “¿Por qué no?”. En verdad el juego de niños menos aburrido de todos. 

Y entonces Papá y Mamá se miraron. Y volvieron a pensar lo mismo. No se puede dejar que se aburran. Que nunca se aburran. Sería trágico que se aburran. Otro Mundo Infeliz tirado a la basura.


                                                                                                                                  Cercedilla, Julio de 2010

viernes, 7 de agosto de 2026

Morte d’amore

 

Morte d’amore

 

                                                                                                                                                     Juan A. Anta 

 

El Sr. Richardson está deseando volver a casa. Hoy presiente que es un día especial. Ha puesto a sonar  Tristán e Isolda para que el tiempo de volver a casa transcurra como si no existiera. En casa le espera la Sra. Richardson. A ella también le gusta Tristán. La Sra. Richardson le dará la bienvenida en el recibidor medio desnuda y en lencería negra (la que más le excita), le agarrará de la corbata y le llevará como un corderito enamorado hasta el dormitorio con cama de agua y fragrancia de rosas que ella misma habrá ambientado en conciencia para satisfacerle. Al Sr. Richardson se le empieza a hacer insoportable ver doscientos asuntos pendientes sobre su escritorio. Quiere acabar pronto su trabajo. Mira de reojo el reloj digital que cuelga de la pared gris de su oficina. En verdad se muere de ganas por ver a su actual Sra. Richardson.

 

La actual  Sra. Richardson asesinó a sangre fría a la anterior Sra. Richardson. Fue un crimen pasional y nunca mejor dicho. La actual Sra. Richardson (Sra. Richardson IX, para no perdernos) empujó desde lo alto de un quinto piso a la Sra. Richardson VIII cuando ambos dos visitaban una galería de arte en amor y compañía. El Sr. Richardson miró horrorizado el cuerpo de su esposa estampado contra el suelo y desangrándose lentamente. El horror desapareció de súbito cuando un rostro angelical (y por supuesto inocente) le miró con ternura infinita a los ojos y le abrazó con pasión. Simulando ayudarle en aquellos momentos tan trágicos, la futura Sra. Richardson insistió en acompañarle en la misma ambulancia que transportó a su señora al hospital. Embebido por la emoción del momento, el Sr. Richardson no pudo resistir los envites amorosos de su benefactora, a la que acabó poseyendo sobre el mismo suelo de la ambulancia y en presencia de su moribunda esposa, cuyas constantes vitales se interrumpieron para siempre justo en el mismo momento en el que los ardientes amantes daban por término su placer. Aquella misma noche los recién conocidos hicieron el amor en el ascensor, en la cocina y por supuesto en la misma cama de agua con fragrancia de rosas que todavía acompaña sus noches de pasión. Para entonces ya se le había olvidado que dormía con una asesina.

 

Y es que ya estaba acostumbrado a dormir con asesinas. La Sra. Richardson VII empezó un día a sentirse mal después de una romántica cena en la que no pararon de hacer manitas. Aquella noche que prometía tanto hubiera sido un horror si no fuera porque la cocinera y sirvienta (a la sazón la futura Sra. Richardson VIII) salió de entre sus bártulos y cacerolas y se plantó frente a él con una sonrisa pícara. Sin decir palabra se quitó la cofia y el delantal, se sacó la blusa por encima la cabeza y dejó caer la falda. La boca del Sr. Richardson quedó abierta al máximo al contemplar alucinado el cuerpo más bello que nunca hasta entonces se le había ofrecido. Mientras hacían el amor sobre la propia mesa de la cena y en presencia del cadáver de su ex esposa (la cual parecía observarlos con los ojos muy abiertos y en una especie de trance impotente de ultratumba), no pudo sentir ni un ápice de compasión. Y es que ella también supo cómo quitarse de en medio a la malograda Sra. Richardson VI, esta vez gracias a los oficios de un vulgar asesino a sueldo. El Sr. Richardson velaba la capilla ardiente de su esposa y se preguntaba cómo un indigente borracho estaba en posesión de un revólver del calibre 45 y qué le había llevado a vaciar el cargador sobre el cuerpo de su mujer. Fue en el momento en el que se quedaba solo cuando una elegante dama, tocada con una inmensa pamela negra y escondida tras un fino velo de seda, se acercó a darle el pésame. Con la voz más dulce que jamás había escuchado le confesó al oído que no había nada que le excitase más que un funeral. Tras cerrar discretamente la puerta de la estancia, acabaron haciendo el amor sobre la superficie más cómoda y morbosa que pudieron encontrar y que no era otra que el propio féretro, centro geométrico del velatorio. Con su ex mujer debajo, fría como la eternidad, y su futura mujer encima, caliente como el trópico, el Sr. Richardson reconoció con un alarido entrecortado que no hay mal que por bien no venga. 

 

El reloj marcó las seis y el Sr. Richardson se levantó como un resorte. Con una sonrisa ya gestada a lo largo de horas de trabajo, y bien marcada ahora que el momento de placer supremo se acercaba, se dirigió al servicio de caballeros a fin de arreglarse y acicalarse como la ocasión lo merecía. Todavía se escuchaba en la lejanía la música de Tristán (se había dejado la grabación sonando) y con un tenue silbido acompañaba los compases de su dúo de amor. Antes de salir se ajustó la corbata mientras se admiraba a sí mismo en el espejo con satisfacción. Siempre había sido un hombre apuesto y varonil, como una mirada profunda y una expresión cautivadora e inquietante, capaz de llevar a las más bellas mujeres a matar por tenerle entre sus brazos.

 

Cuando se disponía a dejar el cuarto de baño una pequeña alteración del escenario habitual le hizo, por un breve instante, dudar del normal (y placentero) transcurrir de las cosas. Unas voluminosas botas asomaban por debajo de la puerta de uno de los retretes. En verdad eran unas botas gigantes, y además no recordaba habérselas visto puestas a nadie de la oficina. Intrigado, trató de mirar bajo la puerta, aunque pronto se dio cuenta de lo ridículo de su postura, arqueado y con una pierna levantada y estirada para hacer de contrapeso. Se disponía a recuperar su posición natural cuando la puerta del retrete se abrió con un portazo.

 

Y entonces confirmó que las botas no pertenecían a un usuario habitual del servicio de caballeros. Desconcertado fue alzando la mirada a medida que se incorporaba, y así comprobó que las grandes botas negras sostenían una corpulenta figura, embutida en una gruesa gabardina de color crema, y de la que sobresalían, además de las desmesuradas botas, dos inquietantes objetos: una cabeza ovalada con dos ojos diminutos y brillantes y una pistola con silenciador dirigida hacia él.

 

El Sr. Richardson retrocedió atemorizado cuando todavía no había acabado de posar en el suelo la pierna que todavía tenía en el aire. El movimiento combinado de su búsqueda de la posición erguida (residuo del momento en el que aún no sabía que alguien iba a matarle) y el retroceso de temor que ahora experimentaba (fruto del convencimiento de un fin próximo) le hizo perder el equilibrio y caer hacia atrás. Sentado en el suelo y con las manos levantadas frente a sí en actitud defensiva, recibió los tres disparos en el estómago.

 

Tenían que ser en el estómago.

 

Con las manos deteniendo como podía la hemorragia y la respiración entrecortada, el moribundo Sr. Richardson observó cómo el de las botas abría la puerta del servicio de caballeros y hacía pasar a su esposa. Con gran ceremonia la Sra. Richardson echó el pestillo del aseo y se aproximó hacia él. Durante unos instantes lo contempló de cerca con una expresión neutra que poco a poco fue derivando en una turbadora y significativa sonrisa.

 

La última de la dinastía Richardson concedió a su marido la gracia postrera de un suave beso en los labios. A continuación, le incorporó y le apoyó en la pared para obsequiarle con una buena perspectiva. Mientras se moría poco a poco, y con Tristán e Isolda como eterna música de fondo, el Sr. Richardson contempló cómo el de las botas se desabrochaba la gabardina al tiempo que desnudaba con delectación a su mujer, cómo le quitaba la blusa y le arrancaba la falda, cómo mostraba en todos los espejos del baño su juego de lencería negra, y cómo la besaba, la acariciaba y finalmente la poseía con ella de rodillas y desde atrás a fin de que él viera, en toda su plenitud y como debe ser, el rostro salvaje de su mujer aguantando el clímax para justo aquel momento en el que él hubiera de dar su último suspiro.

 

Fue curioso, pero en ese preciso instante sintió un inexplicable y embriagador placer. Y entonces comprendió que no había tenido mala vida ni mala muerte tampoco. Las innumerables Señoras Richardson, tan arrebatadoramente bellas como asesinas implacables, le hicieron comprender mejor que a nadie que la muerte y el deleite aparecen demasiadas veces tan fundidos y compenetrados que parecieran dos amantes vírgenes y sangrientos amándose sin mesura hasta el amanecer.

 

    Cercedilla, 2 de Enero de 2006

 

La Teoría BCYT

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