viernes, 21 de agosto de 2026

La Teoría BCYT

 

La teoría BCYT

 

 

                                           Juan A. Anta

 

 

 

           

            Ya la primera vez que Handemann presentó su afamada teoría BCYT (Biased Condensation of Yelling Turbulences)  a un asistente a la conferencia se le saltaron los sesos. Coincidió con un momento de silencio de Handemann, como si quisiera ordenar las ideas (y de paso dar tiempo a su público a que hiciera lo propio). Fue en ese momento cuando se oyó un chasquido, similar al aplastado de una guayaba. Todo el mundo volvió su mirada hacia la tercera fila, donde se hallaba el desafortunado, porque en verdad el chasquido sonó a pura y rancia muerte. Tenía su cabeza desplomada sobre su hombro izquierdo, y chorreaba sangre por varios puntos.

 

            La víctima se llamaba Chris Laweson y era uno de los doctorandos más prometedores del Instituto Tecnológico de Massachusets. Su inesperada muerte no pudo menos que convertirse en un descorazonador misterio a pesar del resultado de la autopsia, que determinó sobrepresión sanguínea como causa del fallecimiento. Lo cierto es que en aquel momento nadie asoció el trágico suceso con la teoría BCYT, a pesar de lo increíble que resultaba imaginar que a un ser humano pudiera reventársele el cráneo por la simple presión de la sangre. Ni siquiera el médico forense se sintió tentado a investigar el suceso, aún tratándose de uno de los hechos más excepcionales de la historia de la medicina. Para deshacerse de los periodistas se limitó a argumentar que toda la fuerza del corazón, concentrada en un sólo punto y en un sólo instante, sería capaz de hacer ceder hasta un blindaje de hormigón de medio metro. Lo que ningún periodista preguntó es que había hecho que tal cantidad de energía se concentrase en el cerebro de Loweson.

 

            Tampoco la muerte de la segunda de las víctimas de Handemann y de su teoría BCYT hizo levantar ninguna sospecha. La razón es la forma en la que se produjo. Se trataba de un joven investigador de la universidad de Montevideo, Amadeo Sheridan. Leía uno de los artículos de Handemann cuando sintió un agudo dolor en la sien. Un segundo después su cerebro estalló y le hizo desplomarse sobre una mesita de mármol, contra la que golpeó la cabeza. Ello proporcionó una causa obvia de la muerte, junto con la mancha de aceite del suelo (Sheridan se deleitaba con un emparedado de atún mientras leía a Handemann). La incompetencia de la policía y la dejadez del forense (que ni siquiera se percató de que el cráneo estaba “aplastado” hacia  fuera y no hacia dentro) hicieron que tampoco en aquella ocasión nadie sospechase de la teoría BCYT.

 

            La tercera víctima sí que dio lugar a especulaciones, incluyendo al  propio Handemann. De nuevo se produjo durante el transcurso de una de sus conferencias, y una de las de mayor asistencia. El alto grado de expectación motivó de una forma especial al autor de la teoría BCYT, que hilvanó una disertación magistral, llena de profundidad y clarividencia. Su exposición de la teoría, partiendo de los fundamentos más básicos y de las raíces más profundas de las cuales surgía su elegante e innovador formalismo, consiguieron mantener la atención del público hasta lo sublime. Parecía que los secretos más ansiados del trabajo de Handemann iban por fin a quedar al descubierto y que muchos comprenderían de una vez la teoría BCYT, incluyendo al propio Handemann. Sin embargo, alguien en el público se le adelantó. De nuevo se escuchó el fatídico chasquido, consecuencia de un cerebro humano puesto al límite. El desgraciado fue retirado en camilla y a toda prisa, puesto que aún jadeaba, e incluso balbucía frases incoherentes y llenas de alusiones al esquema BCYT y a su autor. Fueron sus últimas palabras ya que el joven estudiante, doctorando del Instituto Max Planck, falleció poco antes de ingresar en el hospital.

 

            Una tenebrosa melancolía se cernió entonces sobre el corazón de Handemann. Era ya la segunda persona que parecía haber muerto a consecuencia de la exposición de su trabajo (en realidad la tercera) y no pudo menos que sentirse culpable, aún sabiendo que no había causa racional que explicase lo sucedido. Su actitud se volvió arisca y sombría, se zafaba de las insistentes preguntas de los periodistas argumentando que él no era un experto en medicina y redujo su actividad académica al mínimo. De hecho pasaba jornadas enteras encerrado en su casa de Golders Green, en las afueras de Londres, dando una y mil vueltas a las ecuaciones que él mismo había propuesto y preguntándose qué extraño y sobrecogedor misterio encerraban, hasta el punto de causar el colapso total de una mente humana.

 

            Handemann no volvió a dar ninguna conferencia sobre la teoría BCYT, a pesar de la insistencia con la que se lo propusieron. De hecho, su teoría, aunque fuera por motivos tan luctuosos, se volvió extraordinariamente popular. Todo el mundo quería conocer más su innovador trabajo y al menos intuir el significado más profundo del mismo, y fue en ese contexto en el que Richard Hayes, el discípulo más aventajado de Handemann, se ofreció a dar una serie de charlas divulgativas en sustitución de su maestro. El problema es que Hayes no comprendía en realidad la teoría BCYT (a pesar de haber ayudado, supuestamente, a su desarrollo) y tuvo que llevar a cabo unas intensas jornadas  de estudio de la misma, eso sí, sin preguntar a Handemann, a quien siempre hizo creer que dominaba el formalismo. Fue durante esos días en los que Hayes comenzó a tener unas horrorosas jaquecas, que él achacó al exceso de trabajo, hasta que llegó el momento en que su cerebro dejó de funcionar de la forma más violenta posible, por embolia encefálica aguda. Fue encontrado con la cabeza apoyada sobre un bloc de notas manuscritas lleno de interrogaciones y fórmulas algebraicas típicas del formalismo BCYT. Una gran mancha de sangre teñía las últimas anotaciones de Hayes.

 

            Cuando Handemann supo de la muerte de su discípulo, su inicial melancolía se transformó en desesperación. Consciente de haber descubierto un instrumento diabólico de aniquilación intelectual, decidió destruir todo rastro físico de su teoría. Arrojó al fuego todas sus notas y artículos, borró directorios enteros de su ordenador personal, y publicó una conmovedora nota de prensa en la que instaba a toda la comunidad científica a abandonar todo estudio o desarrollo posterior de la teoría BCYT. Sin embargo no fue escuchado y numerosos físicos jóvenes llenos de entusiasmo se lanzaron al estudio del trabajo de Handemann.  Cuando éste supo de la siguiente víctima, su desesperación se tornó en locura. Fue ingresado en un manicomio de la costa de Kent, donde acabó sus días de forma un tanto enigmática.

 

            Unos meses antes de morir, y cuando había recobrado parcialmente la cordura, Handemann concedió una entrevista a un desconocido reportero de un periódico de provincias español, “El Heraldo de Aragón”. La razón por la que Handemann se decidió por este medio de comunicación y no por ningún otro, a pesar de los cientos de peticiones que recibió, desde la CNN hasta el Frankfurter Zeitung, es un misterio. Nunca se pudo vincular a Tomás Reguero del Heraldo con Handemann de manera previa a la entrevista, y de hecho el joven periodista siempre dijo que sólo la suerte explicaba que él y su rotativo dispusieran de tal honor. Sea de la forma que sea, lo cierto es que la transcripción de la entrevista del Heraldo dio la vuelta al mundo y se convirtió en uno de los documentos periodísticos más importantes del siglo. Es por ese motivo, y con el objetivo de esclarecer las verdaderas circunstancias de su muerte, por el que nos vemos obligados a introducirlo en esta historia.

 

            Heraldo de Aragón: Ante todo, profesor, ¿qué significan en realidad las siglas BCYT?

            Fritz Handemann: Oh, nada importante, se refieren a la forma matemática que adoptan ciertas leyes de conservación.

            H.A.: Dicen los expertos que su teoría es uno de los avances más importantes en la historia reciente de la Física Estadística, ¿qué opina de ello?

            F.H.: bueno, la teoría BCYT no tiene nada que ver con la Física Estadística, ni siquiera con la Física.

            H.A.: pero… ¿cómo es posible?, todo el mundo que le conoce sabe muy bien que usted es físico y su trabajo se encuentra en su totalidad publicado en revistas de Física. Miles de personas han decidido estudiar esta disciplina por primera vez en su vida con el sólo propósito de comprender alguna vez su teoría…

            F.H.: La verdad es que he de decir que lo siento mucho por ellos. No saben en realidad lo que hacen. Mi consejo es que abandonen y se dediquen a otra cosa.

            H.A.: Parece usted resentido, profesor.

            F.H.: Oh, nada de eso. Y aunque lo estuviera nada me empujaría a provocar la muerte de miles de personas inocentes.

            H.A.: ¿Se refiere usted, profesor, a esas muertes repentinas producidas durante sus conferencias?, mucha gente opina que…

            F.H.: Me refiero simplemente al peligro latente que existe en el estudio del formalismo BCYT. Si todos fueran sensatos, ya haría mucho tiempo que se habría olvidado todo este asunto.

            H.A.: Sin embargo es precisamente ese peligro que usted menciona lo que induce a tantos científicos y personas corrientes a lanzarse al estudio de su teoría. Trabajar en la teoría BCYT se ha convertido en un deporte de riesgo como el puenting y el descenso de cañones. Congresos y reuniones internacionales sobre la teoría BCYT y temas relacionados se realizan en las cercanías de hospitales y siempre existe un equipo de primeros auxilios presente en todas las conferencias para socorrer a los posibles afectados. Y en este contexto, la pregunta que seguramente muchos de nuestros lectores se hacen es: ¿cúal es la esencia de la teoría BCYT y qué la hace tan peligrosa?

            F.H.: Me temo que yo no soy la persona más indicada para contestar a esa pregunta.

            H.A.: Comprenderá usted, profesor, que dicha afirmación no puede menos que causar una cierta sorpresa. Usted es el creador, el autor de…

            F.H.: Repito que no soy la persona más indicada… mire, si quiere que le diga algo, yo no entiendo en realidad la teoría BCYT.

            H.A.: ¿Que no entiende la teoría BCYT…?, bueno, usted está bromeando profesor…

            F.H.: Siento decirle que no estoy bromeando. Usted mismo ha dicho que yo soy físico. Efectivamente lo soy, pero no psicólogo o filósofo. Y como comentaba al principio de esta entrevista la BCYT no tiene nada que ver con la física. La BCYT no es más que un conjunto de símbolos y conceptos abstractos que constituyen una especie de edificio intelectual que, eso sí, posee cierta lógica interna… es cierto que sus orígenes son físicos, o físico-estadísticos, o mejor dicho, la resolución de cierto problema de la Mecánica Estadística que, si le digo la verdad, hace ya mucho tiempo que olvidé… mire, antes los hombres corrían para huir de sus depredadores, y ahora lo hacen para batir una marca mundial, o para mantenerse en forma, incluso para socializar, y el hecho es que ya nadie se acuerda del verdadero motivo por el que los hombres tienen piernas… lo que quiero decir es que la teoría BCYT no es más que un desarrollo matemático donde el principio y el fin están en la teoría misma. Es como un globo de gas que hubiera roto el hilo que le mantenía unido a la Tierra y se hubiera emancipado para irse a vivir por su cuenta a la estratósfera. Yo lo único que hice fue tomar un telescopio y observar el globo desde la superficie, y comprobar que ahí está, balanceándose de un lado a otro, lleno de secretos misteriosos que soy incapaz de comprender. Mi papel ha sido descubrir ese globo entre todas las constelaciones y describir su aparencia (su sugerente y atractiva apariencia) pero no atraparlo. Aprehenderlo supone volar tras él y jugarse la vida en el intento. La mente humana tiene un límite, sabe, y de la misma manera que resulta fantasioso imaginar a un ser humano corriendo los cien metros en cinco segundos, un conjunto de átomos más o menos ordenados que es lo que somos tiene serias dificultades para dominar los extraños secretos de la materia y la energía que han concluido en su creación… Por favor, no haga de la ciencia una nueva idolatría, ¿me entiende?, diga en su periódico que la gente deje de perseguir globos, por muy bellos, altos y atractivos que se nos aparezcan.

 

            H.A.: Profesor, muchas gracias por sus palabras. Le deseamos un pronto restablecimiento.

            F.H.: Se lo agradezco.

 

            Fritz Handemann murió una fría mañana de Enero, sentado en su silla de ruedas, en lo alto de un acantilado frente al mar. Se diagnosticó parada cardíaca como causa del fallecimiento, ahora bien, ¿qué provocó dicha parada?. Hay gente que piensa que Handemann decidió suicidarse aquella mañana. Se le había encontrado mirando al cielo, con la boca ligeramente entreabierta, como si hubiera estado hablando consigo mismo. Según esta hipótesis, él habría utilizado su propia teoría para acabar con su vida, abrumado por ese sentimiento de culpa que le había llevado a enloquecer. Unos pocos segundos de profunda reflexión sobre su propio trabajo habrían bastado para consumar su autodestrucción. Sin embargo, nosotros opinamos que no fue suicidio la causa real de su deceso, o en todo caso, no habría sido más que una súbita y alocada temeridad. ¿No estaba acaso intacto su anciano pero portentoso cerebro y no había sido otra cosa sino su corazón lo que había dejado de funcionar?. Aquella mañana Handemann, mientras observaba el transcurso caótico pero firme de las nubes sobre su cabeza, cubriendo y destapando ante sus ojos el espacio infinito una y otra vez, no pudo resistirse a la tentación de intentar, aunque fuera por última vez, no sólo comprender sino también sentir. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como si rezase. Quizá en sus últimos segundos de consciencia aquella mente privilegiada consiguió ver aquello que levita sobre nuestras cabezas y que causa mareos tan sólo imaginar.

          

                                                      México y Cercedilla, Julio y Agosto de 2001

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