Juego de Niños
Juan A. Anta
Los niños protestaron de nuevo. Ese juego tampoco les gustaba.
- ¿Qué tiene de malo? – preguntó Papá
- Es tan aburrido como todos – dijo Godín
- Las fichas cambian de tono y el tablero de textura, pero las reglas son las mismas de siempre – alegó Godesín.
Papá volvió al salón con el juego entre los brazos. Mamá le esperaba inquieta. Al entrar ella le miró con ojos interrogantes. Papá negó con la cabeza. Mamá se puso de pie y con los brazos en jarra.
-¿Entonces? – preguntó Mamá
-No lo sé – contestó Papá – ya los hemos probado todos. Todos los de la casa. Todos los del bloque. Todos los de la Comunidad. Pero de todos se cansan. Todos les parecen iguales. Con todos se aburren.
-No podemos dejar que se aburran. – sentenció Mamá.
-Ya lo sé, Mamá – replicó Papá – ya lo sé.
-Si se aburren sería fatal. Sería trágico – insistió Mamá.
-Lo sé, lo sé – se excusó Papá – pero, ¿qué podemos hacer?
- Hablaremos con él – sentenció Mamá.
* * * * * *
El Hacedor de Juegos escuchaba atentamente. Papá y Mamá hablaban deprisa, el uno detrás de la otra, cuando hablaba la una el otro escuchaba y asentía con la cabeza. También al revés cuando hablaba el uno escuchaba la otra y asentía con la cabeza. Al final se callaron y aguardaron expectantes la intervención del Hacedor.
-¿Probaron con preguntas y respuestas? – dijo éste
-Sí – contestaron Papá y Mamá al unísono –. Preguntas de Análisis Funcional fue lo último.
-¿Análisis Funcional? – preguntó sorprendido el Hacedor de Juegos
-Sólo eso les mantuvo entretenidos medio día – explicó Papá – casi dos horas más que con el juego de las Partículas.
-¿Se aburrieron del juego de las Partículas? – volvió a preguntar el Hacedor, aún más sorprendido - ¿cómo pudieron cansarse del juego de las Partículas?
-Decían que era muy simple – dijo Mamá – Siempre se llegaba al mismo resultado.
-Las reglas son las más complejas que nunca se han ideado – alegó el Hacedor -. Existen infinitas combinaciones.
-Se reducen a poco más de cien elementos. – respondió Papá –. Cuando el elemento es muy pesado se les despedaza en femtosegundos.
-“!Mamá, Mamá!” – fingió Mamá la voz de su hija – “Los elementos con más de noventa protones y ciento cincuenta y un electrones son inestables y se descomponen emitiendo radiación. ¡Vaya plomo!”
-Me llevó milenios idear ese juego – musitó el Hacedor, mirando al infinito – Incluso introduje variables ocultas para hacerlo más enrevesado.
-Pero los resultados son previsibles – replicó Mamá.
-Computables – apostilló Papá.
El Hacedor de Juegos se levantó y caminó a lo largo y ancho de su inmenso salón. Papá y Mamá le miraban vigilantes. Él se acariciaba la barbilla con su dedo índice. Un pequeño humillo salía de su cabeza. Entonces se acercó a su gran biblioteca de madera de boj.
-Tengo aquí un juego…
-¿Sí? – preguntaron ansiosos Papá y Mamá
Pero aún no está terminado – dijo el Hacedor mientras manipulaba libros y cajas -. Ni siquiera sé si lo acabaré algún día.
-¿De qué se trata?
-Oh, en realidad es muy simple.
-No nos vale entonces – contestaron apesadumbrados Papá y Mamá.
-Pero su simplicidad es engañosa – les tranquilizó el Hacedor – En realidad se trata del juego más enrevesado e imprevisible jamás ideado. Tan sólo tiene una regla. Pero conduce a la mayor creación de materia y energía imaginable. Desborda los límites de concepción de cualquier mente inteligente. Es capaz de rebelarse contra su propio creador. Es perfecto. O mejor, susceptible de ser perfecto.
-Nos los llevamos – sentenciaron a coro Papá y Mamá.
-Estupendo – asintió el Hacedor -. Sin embargo… estén prevenidos.
-¿Por qué?
-Es un juego inacabado – contestó el Hacedor -. Y puede concluirse de muy variadas maneras. Incluso contradictorias. Imprevisibles.
-Es justo lo que necesitamos – sentenció Papá levantando decidido su dedo índice.
-De acuerdo. ¿Se lo envuelvo?
-Por favor – suplicó Papá
-En papel de regalo – añadió Mamá – si es posible.
* * * * * *
-¡Niños! – gritó Mamá nada más entrar en casa
-¡Os hemos traído un nuevo juego! – añadió Papá con su voz más comercial.
- Godín y Godesín aparecieron remolones en el gran Salón . Sus caras era una mezcla de aburrimiento y expectación. Sus ojos miraron interrogantes la caja que Mamá traía en los brazos.
-Este juego seguro que os gusta – dijo Papá – Mamá, dales el juego.
Mamá les entregó el Juego y los dos niños lo abrieron con ansia. Sin embargo, a medida que abrían el envoltorio el brillo de sus ojos se iba apagando. Cuando vieron por fin los grandes caracteres rojos que decoraban la caja las expectativas iniciales ya se habían transformado en la más grande de las decepciones. Godín y Godesín se volvieron a su cuarto en silencio dejando la caja tras de sí.
Papá y Mamá se miraron desconsolados.
-Parece que no les ha gustado – dijo Mamá
-Eso parece – confirmó Papá
Mamá inspeccionó la caja. Una gran palabra destacaba en letras rojas. “Entropía”. El vocablo le sonaba vagamente. Incluso podría decir que se lo había oído pronunciar a los propios niños.
Papá y Mamá caminaron hacia el cuarto de juegos. Godín y Godesín estaban arrodillados sobre la alfombra y miraban a través de un gran pozo luminoso que había en mitad del cuarto.
-¿No os gusta el Juego que os hemos traído? – preguntó Papá con timidez.
-Ya lo tenemos – replicó Godín.
-Es al que jugamos cuando nos aburren el resto de los juegos – añadió Godesín.
-El… el Hacedor… - tartamudeó Papá – nos dijo que estaba sin terminar…
-Es cierto – explicó Godín – eso le hace relativamente entretenido.
Mamá observó a los niños fijamente.
-¿Es … es el juego que estáis jugando ahora? – preguntó.
Los niños no respondieron. Mamá sabía que esa era su manera malhumorada de decir que sí.
- Y… ¿quién gana?
Godesín dejó por unos instantes el juego y miró a Papá y a Mamá.
-Bueno, eso depende – respondió con desgana Godesín. -. Depende de los jugadores que nos inventemos.
-Pero los jugadores… ¿no sois vosotros? – preguntó Papá con la barbilla colgándole como si se le hubiera descoyuntado.
-Que va – replicó Godín sin mirarles. – Nosotros nos los inventamos y les damos unas reglas para que jueguen.
-Por ejemplo les decimos: “tenéis hambre y tenéis que buscar comida”. Y entonces ellos van y la buscan. – añadió Godesín.
-Pero eso es muy aburrido, y entonces hacemos que unos tengan la comida y otros no. Y es entonces cuando juegan de verdad. ¡Se arma cada una!
-Pero eso también termina haciéndose aburrido. Así que nos inventamos reglas adicionales, cómo por ejemplo, “da de comer al hambriento”. Eso da mucho juego.
-Sí, es verdad. A algunos, sin saber muy bien por qué, les entran… bueno, nosotros los llamamos remordimientos, porque se muerden labios cuando se sienten así, que tienen que dar parte de su comida…
-Un momento – les interrumpió Mamá alarmada – ¿es que tienen labios vuestros… jugadores?
-Por supuesto – contestaron los niños al unísono – los hemos hecho a nuestra imagen y semejanza. Miradlos corretear por ahí abajo.
Papá y Mamá se asoman al pozo luminoso que los niños habían construído en el centro de la habitación. Un espectacular escenario se abrió ante sus ojos: montañas imponentes, océanos infinitos, torrentes tumultuosos, y un sinfín de hombrecillos corriendo de un lado a otro, llenos de ansia.
-Parecen llenos de Ansia – dijo Papá con la boca abierta.
-Están llenos de Ansia – confirmó Godín.
-Y de Furia – añadió Godesín – Eso es lo mejor. Porque es cuando mejor nos lo pasamos.
Y mientras tiraban los dados, los niños continuaron contándole el juego a sus padres. Y les hablaron de sus pequeños hombrecillos y de las reglas que les habían hecho seguir y romper y de los obstáculos que les habían hecho desesperar y desfallecer. Y les asombraron con su narración de los cuatro hombres a caballo, la Guerra, la Peste, el Hambre y la Muerte (algo muy original, fruto de su única fantasía) y de como sus hombrecillos les habían erigido, a ellos sus creadores (y los causantes de sus desgracias), templos inmensos e imágenes bellísimas, así como himnos y cánticos estremecedores, y como les rezaban (sí, les rezaban) a ellos, pidíendoles dicha y agua para una buena cosecha. ¿No es cierto que eran graciosos? Y todo salía de una sola regla: la Entropía y el “¿Por qué no?”. En verdad el juego de niños menos aburrido de todos.
Y entonces Papá y Mamá se miraron. Y volvieron a pensar lo mismo. No se puede dejar que se aburran. Que nunca se aburran. Sería trágico que se aburran. Otro Mundo Infeliz tirado a la basura.
Cercedilla, Julio de 2010
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